jueves, 5 de febrero de 2015

RECUERDO DE LA SEGUNDA VEZ



 Recuerdo cuando empecé a ir al cole. Me habían dicho  que  allí iba a aprender cosas, y mamá me preguntó, ¿qué habéis aprendido hoy? Hoy hemos aprendido a hace  palotes,… ¿palotes? Ni idea… Resulta que según la madre, con los palotes se aprendía a hacer letras… bueno, eso había que verlo, a ver cómo es capaz ésta de sacar la “g” de un palote (en el cole se aprenden cosas, ¿no?)
Y luego estaba lo de las cartillas. Teníamos que ir donde la madre cuando nos llamaba con una cartilla. Vaya lío, ¿qué cartilla había que coger? A ver, había una con una “o”, luego otras con el 1, el 2,… el 3,…  y los cuentos de José Manuel, porque José Manuel leía cuentos, pero los demás no.
Y me llamaba la madre, y venga cartillas, qué rollo, más aburridas………….. La 4 un rollo, pero anda que la 1,.. Y la de la “o”, la peor, aunque la que más dibujos tenía… era la que más me gustaba, pero es que ya no me dejaba cogerla,…
A ver, ¿tú por qué cartilla vas? Me preguntó la madre. Pues no sé, ¿es que tengo que ir por una? (esto segundo no lo dije, me lo pensé) Y muy seria va y me dice que le lleve mi cartilla de casa. ¡Qué pesada, y menudo problema! Se lo dije a mamá y de entre todos mis cuentos sacamos una cartilla de cuando mi hermano era pequeño, ¡Mamá, esta no me vale! ¡No tiene número! ¡Pues le dices a la madre que no tienes otra! ¡Y además, la llevas toda pintarrajeada! Ah, vale, que ahora tenía yo la culpa de que me hubieran dejado pintarrajearla con las letras, con monigotes, con casitas y con soles,… Y la madre que seguía de pesada…, Bueno, pero ¿tú qué lees? Vaya, si ya sabía yo que esta cartilla no valía… Pues, madre, mis cuentos, caperucita, el patito feo, blancanieves, el gato con botas, Juan sin miedo, bellaflor, la historia sagrada para niños,… y del periódico sólo me leo lo de la tele, para ver si ponen los payasos.
¡¡¡¿que lees el periódico?!!!
Ayer abrí el libro que estoy leyendo, y recordé esta segunda vez que intentaron enseñarme a leer, porque, claro, resultó que yo ya sabía.
Es curioso, como utilizamos las expresiones primera y segunda vez. La primera vez suele ser la que se recuerda, la que deja huella: la primera vez que me besaron, la primera vez que vi el mar, la primera vez que subí a un avión,… Y la segunda vez la asociamos a una mala primera vez: tuve una segunda oportunidad, nací por segunda vez, nos encontramos por segunda vez,…
Yo no recuerdo la primera vez que aprendí a leer. Recuerdo quién me enseñó. Mi vecina Mª Ángeles. Mamá me hacía las coletas, me ponía mi faldita con pompones y me “pasaba” con Mª Ángeles. Y recuerdo a Jaime, afanado con sus cuentas, y a Juana Mari, completamente absorta en sus bocadillos y recuerdo poner mi nombre en todos los papeles que pillaba, y lo bien que lo pasábamos los tres, y absolutamente nada más…


¿Alguien se acuerda de cuando nació? ¿De cuándo aprendió a respirar? Pues mi aprendizaje de las letras y de cómo juntarlas debió de ser parecido. Siento que fue algo natural y progresivo, sin presiones, tranquilo, un camino dulce y atractivo,… un camino mostrado por aquella maestra que vivía en la puerta de al lado. Una persona que estuvo en mi vida apenas dos años y que me hizo el regalo más importante y más preciado de todos los que me han hecho en mi vida. Sin que me diera cuenta, me llevó de la mano hacia las letras y me enseñó cómo juntarlas. Mª Ángeles puso los cimientos sin dañar el terreno, con suavidad y dulzura, todo lo demás vino después. Llegaron las madres y las seños, y los profes. Buenos arquitectos (casi todos) que fueron ayudando a construir. Pero todo se construyó sobre aquellos cimientos que tengo tan profundos, que no conseguiré nunca recordar cuándo se pusieron. Y todo gracias a nuestra vecina, ¡Gracias, Mª Ángeles!



lunes, 20 de octubre de 2014

RECUERDOS DE UNA AMIGA





¡Cómo se tejen y destejen las relaciones!  ¿Cómo se acaba una amistad? ¿Por qué olvidamos a personas que formaron parte de nuestras vidas? ¿O es que en realidad queremos protegernos de los recuerdos?
Hace unos días fui a la presentación de un libro con mi amiga Carmen. Estaría el autor, sus amigos, su familia, hablaría de su libro, daría las gracias, en fin,… lo normal en estos casos, una velada tranquila.
Llegamos pronto, nos pedimos un café. Mi amiga se quedó mirando la mesa de la esquina: mira quién está allí, Babi. Estaba sorprendida y a la vez emocionada, como si estuviera ante un imposible. Lo primero que pensé, ¿quién se puede llamar Babi? Y ni se me ocurrió darme la vuelta a mirar. Carmen siguió, ¡pero mira!,…. ¡Babi…! ¡Tu amiga Babi!
¡¡¡¿¿¿Mi amiga Babi???!!! ¿Que yo tengo una amiga que se llama Babi? No, no, a mí no me van las Babi,… Carmen no entendía nada, yo no me volvía,  ella estaba a punto de darme una torta para que yo reaccionara,… y…
Desde la mesa de la esquina  “ella” se levantó, no muy alta, regordeta, muy morena, con coleta,… y se acercó.
-¡No me lo puedo creer!..¡eres tú!,… ¿cuántos años hace? (Y me miraba con los coloretes subidos, rebosando felicidad,…)
-Perdona, no caigo… (¡qué vergüenza!)
-Soy yo, Babi, ¿no te acuerdas de mí?
-Pues el caso es que,… no sé,… parece que me quiero acordar de que yo conocía…
-Claro, claro, lo entiendo, tantos años,… y tal y como acabamos,… lo entiendo,… Es que me ha hecho mucha ilusión encontrarte,.. pero lo entiendo.
Me sentí culpable, muy culpable, avergonzada,… empezaba a querer recordar,… aquella cara, aquella sonrisa,… aquella mirada,… y el sentimiento de culpa era cada vez más grande.
Empecé a pedir perdón  como si me fuera la vida en ello:
-Perdóname, creo que sí que te conozco, no sabes cuánto lo siento,…sé que te conozco,…
-No te preocupes, si lo entiendo perfectamente, si es que me fui de un día para otro,… claro,.. y tú te habías comprado el piso,… y… fueron unos días muy atareados, y todo tan rápido…
En ese momento lo recordé todo. ¡Babi! ¿Pero cómo te he podido olvidar? ¡Si éramos inseparables! Mi cabeza daba vueltas a mil por hora, no podía ser,… me había olvidado de Babi, mi vecina Babi,…

-¿Te acurdas ya? ¿Te acuerdas?
-Perdóname, Babi, me siento fatal, te había olvidado,…
-No, si lo entiendo
-¿Cómo lo vas a entender?,… que te había borrado de mi vida. ¡Con los años tan bonitos que pasamos en aquella casa! ¡Las vecinas del alma! Si yo entraba en tu casa y tú en la mía casi con las mismas llaves,…
-Sí,… ¿Te acuerdas las cenas que nos preparábamos? ¿Te acuerdas cuando me quedé en tu casa tres días sin poder entrar en la mía por las goteras?
-Y te acuerdas cuando aquel novio que tenías….
-Calla, calla,… mejor no acordarnos de él.
-Babi, ¿qué pasó? ¿Por qué te he olvidado y tú lo entiendes? Si soy una estúpida. Si me estoy muriendo de vergüenza contigo…
-No, no,… si fueron las circunstancias, si no me extraña que me borrases de tu memoria, si es que me dieron el traslado en una semana, si tú estabas con lo del piso,… si es que fue la fatalidad, que perdí la agenda con tu nueva dirección,… claro y no teníamos móviles.
Cuanto más me disculpaba, más recuerdos venían a mi mente, y más avergonzada me sentía. Pero curiosamente, más dulce y comprensiva se volvía Babi.
Hablamos, hablamos, reímos, recordamos, lloramos, y nos juramos no volver a separarnos, ya que Babi había vuelto hacía unos días con un nuevo traslado. Por descontado que se vendría a mi casa hasta encontrar un piso, y ya planeamos empezar a buscar por mi zona, venden uno en mi portal. Habíamos perdido muchos años de amistad por esos caprichos que tiene la vida al margen de nuestra voluntad. Y por esos mismos caprichos, nos había vuelto a juntar. Era nuestra segunda oportunidad y no la íbamos a dejar pasar,
Me he dado cuenta de que la amistad es una joya. Una joya muy valiosa, muy cara, muy frágil y muy delicada. Las mejores joyas, como las mejores amistades, requieren un trabajo minucioso, de filigrana y engarces con distintos materiales, con broches de seguridad. Por eso dicen que la amistad se vende cara, porque es difícil construirla, porque cualquier movimiento brusco o un simple “enganchón” pueden romperla, porque, como las joyas, tienes que cuidarla, saber dónde la tienes, dónde la guardas, a dónde la llevas, porque es fácil de perder si no la cuidas. Y como cuando crees perdido un anillo y al cabo del tiempo lo encuentras y lo guardas en el mejor rincón del joyero, así debes obrar cuando la vida te vuelve a traer una amistad desde la mesa del fondo. Saber que ese capricho no volverá a repetirse y esta vez sí está en tu mano. 
Me gustaría contar cómo hemos retomado nuestra amistad, cómo hacemos planes juntas, cómo hemos vuelto a ser inseparables, y cómo estamos intentando ponernos al día de nuestras vidas. Podría seguir escribiendo sobre nuestras aventuras y desventuras, sobre nuestro compartir,… Podría, sí,..  En cuanto sueñe la segunda parte, os la cuento,… Pero necesito eso, volver a pasarme otra noche soñando con reencontrar una amistad perdida y que sólo existió en la realidad del sueño de una noche.
¡


"Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."

martes, 23 de septiembre de 2014

RECUERDO DE UNOS ZAPATOS



Quiero unos zapatos granates, de este tacón y con un caballito de adorno.
Meli Escribano tenía una preciosa melena rubia y ondulada, era alta, era guapísima, y sin saber por qué, apareció en mi clase, ¡Pero si era de las mayoronas! No, ahora era de las repetidoras. Pero seguía siendo rubia, alta y guapa,… yo creía que todas queríamos ser como ella.
Llegó la primavera y Meli Escribano estrenó zapatos. Unos preciosos zapatos granates, de  tacón y con un caballito de adorno. Después de ella, al menos otras cuatro o cinco niñas estrenaron los mismos zapatos.
Y así me presenté en casa un día. Quiero unos zapatos granates, de este tacón, y con un caballito de adorno.
¿Por qué quería esos zapatos?  Yo no pensaba, yo quería esos zapatos. Con trece años, yo era la Armada Invencible a la conquista de los zapatos. Fuerte, poderosa, implacable, certera, inquebrantable, imperturbable (y con la verdadera fe de mi lado), ¡la batalla estaba ganada!
“Tú no eres Meli y no los necesitas”. “Los elementos” acabaron con la Armada. Allí mismo, en ese momento, ¡zas, zas! Hundida, arrasada, aniquilada,… la Armada Invencible desapareció en el mismo instante en que pidió los zapatos.
 La Armada protestó, lloró, suplicó, prometió, pero la única arma con que contaba era “porque Meli los tiene y se los van a comprar todas”. “Los elementos” dieron por finalizada la batalla y la Armada tuvo que retirarse a su cuarto a hacer los deberes.
Quisiera recordar que aquellas horas de reflexión fueron fructíferas y que saqué conclusiones brillantes… Pero no, pasé meses reconstruyendo mis naves, planificando estrategias, estudiando a “los elementos”, y ¡Sí! ¡Los conseguí! ¡Unos horrorosos mocasines de invierno! Pero eran granates.
Larga y dura fue la reflexión. Durante los largos meses de ese invierno y los siguientes en que tuve que gastar aquellos zapatos incombustibles,   efectivamente, supe que no lo conseguiría. Que para cuando quisiera juntar mi paga e ir a comprarlos, ya los habrían vendido. Que el color granate pegaba fatal con toda mi ropa, y que nunca sería como Meli.
Metida en aquellos zapatos horas y horas intentando desgastarlos lo antes posible,  tuve tiempo, mucho tiempo para valorar si había merecido la pena aquella lucha. Lo más evidente fue aprender que por vestir con la misma ropa, no llegarás nunca a parecerte a nadie. Ni mucho menos a ser como nadie. Lo peor fue enmendar el error cometido: meses de lucha, años de carga, todo por un capricho, por tozudez, por querer conseguir lo mismo que tenía otro. Por no pensar y decidir qué es lo que yo necesitaba o quería realmente.  

¡Ay! Y es que los zapatos son como las decisiones en la vida. Tienes que tomar tu decisión, la que necesitas en cada momento, la que te conviene, la que se ajusta a ti, y la que mejor te sienta. Los zapatos de Meli eran para ella, eran sus zapatos y su vida, no los míos.
Cuando veo el tiempo que tardé en deshacerme de aquellos zapatos horribles que nunca habría elegido si no me hubiera encaprichado de los que no debía, más me convenzo de que ya bastante me equivoco yo sola, como para equivocarme por mirar a otro. Y es que a todos nos toca dar pasos distintos aunque sean por los mismos caminos.