martes, 7 de febrero de 2012

A PROPOSITO DE SAN VALENTIN

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano y encadenar un alma; y uno aprende
que el amor no significa acostarse y que una compañía no
significa seguridad, y uno empieza a aprender...
 
Que los besos no son contratos y los regalos no son
promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la
cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir
todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen
una forma de caerse en la mitad.
 
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado,
hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio
jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que
alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno
realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende
y aprende... y con cada día uno aprende.

miércoles, 11 de enero de 2012

LA ERA DE AQUARIO

LOS HIPPIES Fue un movimiento juvenil que tuvo lugar en los últimos años de la década de 1960 y que se caracterizó por la anarquía no violenta, la preocupación por el medio ambiente y el rechazo al materialismo occidental. Los hippies formaron una contracultura políticamente atrevida y antibelicista, y artísticamente prolífica en Estados Unidos y en Europa. Su estilo psicodélico y lleno de colorido estaba inspirado por drogas alucinógenas como el ácido lisérgico (LSD) y se plasmaba en la moda, en las artes gráficas y en la música.



          En verano íbamos al pueblo a visitar a los abuelos, allí nos juntábamos con el resto de la familia. Unas vacaciones, mi tía Ángeles apareció con faldas largas salpicadas de flores de colores bordadas, pantalones vaqueros llenos de cremalleras, collares de conchas y hasta se ponía flores en el pelo. Era la moda hippie, ante los ojos de una niña de pocos años, todo cambiaba muy deprisa, a partir de ese verano ya no tendría vestidos cortíiiiiiiiiiiiiisimos. Me hicieron faldas largas con volantes y puntillas, mis primas mayores se ponían cintas de colores en sus melenas largas, en la playa buscábamos conchas bonitas para poder pintarlas y colgarlas al cuello con cordones. Mi madre decía que cada cierto tiempo la moda cambiaba para que compráramos ropa nueva, luego en la tele llegué a oír que en época de crisis las faldas se alargan…. Un lío tremendo, yo no entendía qué tenía que ver la moda con eso de la crisis que parecía que es que te faltaba dinero. … (Jolín, ahora que caigo, a qué corta edad se entiende el concepto de “crisis”) Y es que todo era hippie, la ropa, las canciones, los cuadros, todo se etiquetaba como hippie, “es que fulanito es muy hippie”. Nada, imposible de entender… Luego, con el tiempo, todo aquello parece que se fue calmando, o eso creía yo, íbamos creciendo, la ropa era menos estridente, siempre había alguien que conocía a alguien que tenía una prima que se había ido a vivir a una comuna, pero aquella palabra que se asociaba con la de “secta”.
          Como ya teníamos la costumbre de que de vez en cuando mi hermano me llevaba al cine, llegó el momento de pedir permiso para ir a ver “Hair”, vaaaaaaaaaaaaya, mayores de 18, Jo, a ver mamá qué dice, Sorprendentemente, no hubo oposición, iba acompañada de un adulto, ¿no?
          Me solté la coleta, me puse tacones, me eché un colorete casi invisible, y nos abrazamos como novios. ¿Cómo explicar todo lo que descubrí viendo aquella película?
Primeramente, descubrí qué era aquello que durante toda mi infancia sonaba en las noticias como “la guerra de Vietnam”, algo que hasta entonces parecía que era el estado normal de las cosas, un país donde se iba a hacer la guerra…
          Tuve mi primer contacto con la homosexualidad, ¿es que si eras homosexual no ibas a la guerra?, ¿era una enfermedad?, Pero ese tema aun no me preocupó, no me llamó especialmente la atención, supongo que no había llegado el momento.
Lo que me impactó de verdad fue encontrarme otra vez con los hippies, pero ya no era una forma de vestir, era una forma de vivir. Creo que conocí por primera vez su filosofía de vida, sin preocupación por lo material, compartiendo lo que se tiene, lo que no se tiene y lo que se encuentra, libertad para ir o venir, hablar o callar, saltarse las normas “a discreción”, ser pacifista, oponerse a todo (o no), flores, colores, lazos, mezclas, amistad incondicional, amor sin compromiso. Y las drogas,… cómo se me pusieron los ojos cuando vi a aquella gente fumando porros para desinhibirse, tomando LSD como si fuera una forma de comunión de espíritus libres, la poca importancia que le daban a aquello, …
          En fin, que mi tarde de cine fue como si hubiera estado doce horas estudiando matemáticas sin parar, salí que no me cabía más en la cabeza. Pero con una sensación rara, me había pasado algo similar a lo que le ocurre a uno de los protagonistas, mi mente se abrió algo más, no voy a decir que mi vida cambió, no, simplemente, mi horizonte fue más allá, con la sospecha de que ese horizonte nunca dejaría de alejarse a medida que mi mente fuera experimentando y caminando. Supe que nunca estaría ante la última puerta por abrir, que ya nada sería blanco o negro, que nadie poseería la verdad absoluta, que las respuestas varían según las experiencias, que las personas evolucionan. La niña que entró en el cine aquella tarde de domingo, al salir había crecido, y sabía que nunca sería suficiente.

martes, 29 de noviembre de 2011

jueves, 17 de noviembre de 2011

RECUERDO DE MÍO CID

 “Sí, claro, como el Cid, que ganó una batalla después de muerto”. ¡Adivina de dónde salió esa frase!,… Pero para una pandilla de niños entre seis y nueve años, desde luego que el Cid era un Héroe. Claro que estaba Superman, Flash Gordon, el Zorro, la Pinpinela Escarlata, etc.…, Pero ¿el Cid? El Cid era de verdad, vamos, que todo el mundo lo conocía.  Rodrigo Díaz de Vivar, de Burgos… Que todos sabíamos dónde estaba Burgos (más o menos, así sin profundizar mucho en el Atlas). Que todos tenían algo que contarte de este guerrero: un día, te enterabas que el caballo se llamaba Babieca, otro día que la espada Tizona, otro que si Doña Jimena era su esposa, que doña Elvira y Doña Sol las hijas… Hasta te podían contar que la película la habían rodado cerca de casa, una tal Sofía Loren que era guapísima…

      El ciego sol se estrella
      en las duras aristas de las armas,
      llaga de luz los petos y espaldares
      y flamea en las puntas de las lanzas.

      El ciego sol, la sed y la fatiga.
      Por la terrible estepa castellana,
      al destierro, con doce de los suyos,
      -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

      Cerrado está el mesón a piedra y lodo...
      Nadie responde. Al pomo de la espada
      y al cuento de las picas, el postigo
      va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

      A los terribles golpes,
      de eco ronco, una voz pura, de plata
      y de cristal responde... Hay una niña
      muy débil y muy blanca,
      en el umbral. Es toda
      ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
      Oro pálido nimba
      su carita curiosa y asustada.

       “¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,
      arruinará la casa
      y sembrará de sal el pobre campo
      que mi padre trabaja...
      Idos. El Cielo os colme de venturas...
      En nuestro mal ¡oh Cid! No ganáis nada.”

      Calla la niña y llora sin gemido...
      Un sollozo infantil cruza la escuadra
      de feroces guerreros,
      y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”

      El ciego sol, la sed y la fatiga.
      Por la terrible estepa castellana,
      al destierro, con doce de los suyos
      -polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga            

     
¡Vaya lío, vaya lío…! El poema estaba en mi libro de lengua y lectura, nos estaban introduciendo al leguaje poético, las figuras literarias,…  La seño explicaba que el poeta suele utilizar expresiones exageradas o atribuye cualidades imposibles a objetos para dar más énfasis a lo que describe. También, decía la seño, puede que encontremos frases desordenadas, expresiones impensables en el lenguaje cotidiano, todo encaminado a hacer sentir al lector, provocarle sensaciones que le transporten a la escena.
Puf!, seño, que esto va a ser muy difícil, que somos muy pequeñas,…. Que mejor seguimos con los cuentos y los tebeos, ¡qué perezaaaa……!!!!!!!
Aquella lectura, efectivamente, fue difícil. Empezamos con “el ciego sol”, bueno, ya había que ordenar aquello, sería un sol ciego, pero ¿un sol ciego?, no, decía “ciego” por “cegador”. Vale, seño, parece que lo vamos entendiendo.
Los problemas continuaron con “llaga de luz” y “flamea”. Sorprendentemente, a partir de ahí, la comprensión fue mucho más fácil, Por lo menos, a mí, ya no me importaba que la voz de la niña fuera de plata y de cristal y que el oro nimbara su cara.
Yo ya estaba tan integrada en aquel grupo de hombres abrasados por el sol que iban camino del destierro a los que nadie ayudaba por miedo a las represalias del rey. Eso sí que era interesante, el Cid, caído en desgracia. El HÉROE había pasado a ser un proscrito. Y además, ¿dónde estaba eso del destierro? ¿A quién preguntar? ¿Dónde acudir? Pues a aquel que hasta había visto de cerca a la tal Sofía Loren…. ¿Papá? ¿Dónde está el destierro?
-          Pues donde te quieran mandar. Pero bueno, ¿tú que andas trajinando?
-          No, lo del Cid, …
-          Eso fue por el Juramento de Santa Gadea. Le hizo jurar al rey que no había tenido nada que ver en el asesinato de su hermano.
Tras perfilar que Santa Gadea era una iglesia de Burgos, cuando unos años después en el libro de Historia llegó el estudio de la Reconquista, fue muchísimo más fácil y ameno seguir las andanzas de este héroe,
“Rodrigo Díaz de Vivar fue un caballero castellano que llegó a dominar al frente de su propia  mesnada el Levante de la Península Ibérica a finales del siglo XI de forma autónoma respecto de la autoridad de rey alguno. Consiguió conquistar Valencia y estableció en esta ciudad un señorío independiente desde el 17 de junio de1094 ] hasta su muerte.”

              Y ya más mayor, cuando en el estudio de la Historia de la Literatura Española, apareció el Cantar de Mío Cid, escrito en estilo romance épico, narrando las aventuras y desventuras de Mío Cid Campeador, su noble esposa Doña Jimena, los matrimonios desgraciados de sus hijas Doña Elvira y Doña Sol, la traición de los Infantes de Carrión, etc.… Fue cuando me dí cuenta de que a mí lo que más me gusta es la Historia, buscar el hecho, aunque éste venga envuelto en frases desordenadas, con palabras altisonantes, dibujada con figuras imposibles,…o incluso, el cantar de gesta termine idealizando al héroe.
Descubrí que la “sabiduría” popular despertó en mí la curiosidad por la figura de un hombre honesto con sus ideas, valiente con sus hombres y leal a su rey, un hombre pieza clave en la Historia de la Reconquista que terminó por convertirse en leyenda. Y que todo lo que aprendí en los libros de historia, quedó prendido en mi mente junto con unos versos     

      El ciego sol, la sed y la fatiga.
      Por la terrible estepa castellana,
      al destierro, con doce de los suyos
      -polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga.
         

martes, 4 de octubre de 2011

RECUERDO DE KUNTA KINTE



“Esclavo: dicho de una persona, que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra”.
Aquel curso ya me dejaban ver la tele por las noches, todavía eran los años en que sólo había dos cadenas, la primera y la segunda, y un solo televisor en toda la casa. Después de cenar y de terminar los deberes, mi familia nos sentábamos a “ver la tele” y al día siguiente en el colegio se pasaba revista a la noche anterior.
Y empezó la serie “Raíces”, La historia comienza a mediados del siglo XVIII en una aldea llamada Juffure, ubicada en Gambia. Nace el primer hijo de Binta y Omoro, y es llamado Kunta. Kunta Kinte, que un día salió a buscar madera para hacer un tam-tam para su hermano menor,… y nunca volvió.
Aunque en el colegio ya habíamos estudiado aquello de la esclavitud, esta vez no era lo mismo. Ver esta serie de televisión se iba a convertir en un viaje de aprendizaje, de descubrimiento de una realidad, una parte vergonzosa de la historia del hombre.
Mi primer recuerdo del concepto de  “esclavitud” está unido a la historia de Roma que veía en las películas. Aquellos sirvientes que estaban en las casas, aquellos que eran de la familia, amigos y confidentes de los amos. Aquellos sirvientes que estaban perfectamente ataviados, con túnicas impolutas y peinados perfectos. Bueno, también estaban los prisioneros de guerra que entraban en Roma siguiendo a las legiones victoriosas y eran vendidos como esclavos. Esos aparecían un poco más compungidos, pero enseguida daban con amos buenos y considerados que hacían su estancia más agradable hasta que terminaban ganando la carta de libertad.
¿Y las jóvenes esclavas entregadas como regalo al general victorioso o al patricio amigo? Aquellas que  con sus encantos y bondad los enamoraban y éstos, en señal de amor eterno, las quitaban el anillo para ponérselo ellos mismos como símbolo de pertenencia a ella.
Al cabo del tiempo, resulta que me  fui enterando de que de esa costumbre tomaron los cristianos la tradición de entregar pulseras de compromiso y anillos de boda entre los esposos, ¡Vaya con las tradiciones y las costumbres!
Y después estaban los negros, las películas en las que otra vez igual, los negros de las plantaciones siempre estaban en la casa, asociados a las familias que terminaban dándoles la libertad por los buenos servicios prestados y su fidelidad incondicional al amo. Incluso había veces que ni siquiera aceptaban la libertad o se quedaban con la familia por lealtad.
Vale, pues aquel año a nuestras televisiones llegó Kunta Kinte, feliz en su aldea africana, con sus padres, sus hermanos, sus amigos, etc. Y salió a buscar madera para hacer un tam-tam. Y en mi pequeño “universo” aparecieron de pronto, los negreros, los cazadores. Lo cazaron con una red, como a los animales, lo metieron en un barco, en la bodega, encadenado al catre o a la pared, no me acuerdo. Sin agua, sin comida, día tras día, sin luz, sin poder moverse,… Lo desembarcaron en un muelle de carga, lo vendieron en un mercado. Fue a dar con un amo cruel que lo azotaba, y que le cambió su nombre. La tele mostraba series interminables de latigazos, “¿cómo te llamas?- Kunta Kinte,.- Tu nombre es Tobi, ¿cómo te llamas?- ¡Mi nombre es Kunta Kinte! Luchó, se reveló, se escapó, todo inútil, lo volvían a cazar, lo apaleaban, volvió a escapar,… hasta que le cortaron parte de un pie para retenerle, A partir de ahí, en la serie se mostraban las vidas y peripecias de toda una saga descendiente de aquel que “un día, salió a buscar madera para hacer un tam-tam para su hermano pequeño”.
Aunque en el diccionario nos enseñen que “La esclavitud es una institución jurídica que conlleva a una situación personal por la cual un iindividuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y de sus bienes” , conocer a Kunta Kinte me hizo pensar, descubrir toda la extensión de la expresión “ser esclavo”: Ser despojado de todo lo que te identifica como persona, negarte un nombre, una familia, el poder tomar una decisión, incluso el poder equivocarte, el cambiar de rumbo, ser NADA. Convertirte, según el papel asignado, en mula de carga, máquina de lavar, perro de compañía, brazo de recolección o fábrica de mano de obra. 
Terminada la serie de televisión, en casa apareció el libro. Primero mi padre, después mi hermano, aquel libro era gordísimo comparado con mis libros de aventuras de “Puck”, “Los siete secretos”, “Los Hollister” o “Los cinco”. Pero ese verano mi prima, que era un año menor que yo, lo devoró en dos semanas. Así que allá que me fui,… a leer “Raíces” durante un otoño largo en el que me dí cuenta de que las películas son películas, los libros, libros, y la realidad,… bueno, la realidad te puede sorprender en cualquier momento.



miércoles, 14 de septiembre de 2011

JOSE Mª RODERO Y CALÍGULA

José María Rodero Luján (Madrid, 26 de diciembre de 1922- 14 de mayo de 1991), ACTOR ESPAÑOL.
Sintió curiosidad por el mundo de la interpretación al enamorarse de una actriz. Tras presentarse a unas pruebas del Teatro Español, cambió sus estudios de ingeniería por los de Arte Dramático.
Ingresó en la Compañía de María Guerrero, y ya en la década de 1950 destacaba como uno de los activos más sólidos de los escenarios madrileños, con piezas como Plaza de Oriente, El landó de seis caballos , Soledad, Colombo, La casa de la noche , La herida luminosa , Yo traigo la lluvia, La Celestina o Elena Osorio. Tras triunfar con En la ardiente oscuridad, de Buero Vallejo, formó su propia compañía con la que ya por entonces era su esposa, la también actriz Elvira Quintilla. Decenas de montajes, en las décadas de 1960 y 1970, lo avalan como uno de los grandes actores españoles del siglo. Destacan Donde vas triste de ti, Una tal Dulcinea, El concierto de San Ovidio El caballero de las espuelas de oro, ¿Quién quiere una copla del Arcipreste de Hita?, Corona de amor y muerte, El tragaluz, Calígula, Luces de Bohemia, Los emigrados, Enrique IV, El hombre deshabitado, Historia de un caballo  o Las mocedades del Cid. A destacar, igualmente, sus participaciones a lo largo de varios años en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, con obras como Calígula, Julio César y La cena del rey Baltasar
             Intervino en numerosas piezas en el espacio Estudio 1, La muerte de un viajante, Las Meninas, y sobre todo su recreación de Jurado nº 8 en la adaptación de Doce hombres sin piedad

Falleció en Madrid el 14 de mayo de 1991, cuando preparaba el estreno de Hazme de noche un cuento, del dramaturgo extremeño Jorge Márquez.
Cayo Julio César Augusto Germánico, (31 de agosto de 12 - 24 de enero de 41), también conocido como Cayo César o Calígula, fue emperador romano desde el 16 de marzo de 37 hasta su asesinato, el 24 de enero de 41. Fue el tercer emperador del Imperio romano y miembro de la dinastía Julio-Claudia, instituida por Augusto.
Era hijo de germánico, quien a su vez era hijo adoptivo del emperador Tiberio. Germánico es considerado como uno de los más grandes generales de la historia de Roma. La madre de Calígula era Agripina. De niño acompañó a su padre en sus expediciones militares por Germania, donde se calzaba con las cáligas de los legionarios, quienes le dieron el sobrenombre afectuoso de “Calígula” (“botitas”). Tras la celebración en Roma del triunfo de su padre, marchó con él a Oriente. Germánico murió durante su estancia en Antioquía, en el año 19. Después de enterrar a su padre, Calígula regresó con su madre y sus hermanos a Roma, donde la incomodidad que su presencia generaba en el emperador degeneró en una enemistad, causante probable de las extrañas muertes de una serie de parientes del futuro emperador entre los que se contaban dos de sus tíos. Sus relaciones con Tiberio parecieron mejorar cuando éste se trasladó a Capri y fue nombrado pontifex. A su muerte —el 16 de marzo de 37—, Tiberio ordenó que el Imperio debía ser gobernado de forma conjunta por Calígula y Tiberio Gemelo.
Tras deshacerse de Gemelo, el nuevo emperador tomó las riendas del Imperio. Su administración tuvo una época inicial marcada por una creciente prosperidad y una gestión impecable; no obstante, la grave enfermedad que atravesó el emperador marcó un punto de inflexión en su modo de reinar. A pesar de que una serie de errores en su administración derivaron en una crisis económica y en una hambruna, emprendió un conjunto de reformas públicas y urbanísticas que acabaron por vaciar el erario público.
 El 24 de enero de 41, fue asesinado por los ejecutores de una conspiración integrada por pretorianos y senadores, y liderados por su praefectus, Casio Querea.

Cuando durante el curso escolar no dabas un ruido, sacabas más que buenas notas y no habías tenido ni una falta de asistencia ni de puntualidad, si tus padres pedían permiso para que te fueras de vacaciones una semana antes, las monjas no ponían ningún problema. Bueno, también ayudaba que tenía diez años y con esa edad todavía no estábamos sujetos a los terribles exámenes finales, claro. Así que me “facturaron” hacia León con mis vestidos de verano, mi muñeca favorita y un nuevo corte de pelo.
Me esperaban las Ferias y Fiestas de San Juan y San Pedro, que yo no había vivido nunca. Cabalgatas, serpentinas, la Feria con sus “cacharritos” y algún helado. Ir “al Hípico” y adivinar con mis primos qué obstáculo era el más difícil de saltar, fuegos artificiales en el río,…Una de esas tardes de luz interminable, alguien dijo que había teatro en la Plaza Mayor. ¡Teatro! Eso que siempre veíamos por la tele los viernes, sí, eso mismo pero al aire libre… ¿Y cómo será eso? Pues allá que nos fuimos unos cuantos con alguna tía responsable y nuestra abuela común. ¿Quién trabaja?, se preguntaban los mayores, mientras los niños nos empezábamos a plantear por qué no había sillas para todos (en realidad no había sillas para nadie, todo el público estaba de pie). José María Rodero en “Calígula”. Vaya, a simple vista, sonaba aburrido, ese actor debía de ser “mayor” y ¿Calígula? Un emperador romano. Puffffffffff a ver si esto va a ser para “mayores”…. A ver si nos han traído con la excusa y es que quieren venir las tías….Bueno, ya no había remedio, teníamos un sitio muy cerca del escenario y aquello empezaba ya.
Salió a escena, efectivamente, “un señor mayor” (adivina a qué llamábamos mayor a los diez años) vestido de romano. Pero un romano vestido de gala, no de batalla, con su túnica y su toga. Había un espejo a un lado del escenario y nada más.
Empezó la representación y todo cambió. Aquel hombre nos transportó en menos de un minuto a la Roma Imperial, a las conjuras e intrigas, a las guerras y conquistas del Imperio, a la locura de un tirano demente. Aquel hombre ya no tenía edad, el escenario ya no estaba vacío, ya no estábamos de pie en la Plaza Mayor, estábamos en el Senado, en el Palatino, le acompañábamos al Circo. Incluso asistimos al nombramiento de su caballo como senador y a su propia proclamación como deidad. Comprendimos perfectamente que aquel Calígula era un extravagante, un pirado con todo el poder en sus manos, sentimos la opresión del pueblo romano, la impotencia del Senado, llegamos a la conclusión de que el que tanto había conspirado y atentado contra su propia familia y todo aquel que no le convenía, tendría un final poco digno.
Por supuesto que de aquella cuadrilla de primos, alguno se cansó y se aburrió, éramos una pandilla demasiado joven, pero os aseguro que yo no fui la única que volvió a casa con ganas de saber más de los tiempos dorados de Roma y con la esperanza de encontrar a José María Rodero en otro Estudio 1, o a otros como él que nos hicieran sentir aquello que durante dos horas sentimos estando de pie en la Plaza Mayor.
Aunque en las enciclopedias nos digan que “El teatro (del griego θέατρον theatrón 'lugar para contemplar') es la rama del arte escénico relacionada con la actuación, que representa historias frente a una audiencia usando una combinación de discurso, gestos, escenografía, música, sonido y espectáculo...”, aquel día comprendimos que el teatro es mucho más. Efectivamente, es un arte, un Arte con muchas mayúsculas, un Arte en el que intervienen muchas piezas. Primero, un autor, alguien que escriba una historia, ficticia o basada en hechos reales. Después, unos actores que cuenten la historia con los matices que la ha concebido el autor. Y  después un público, unos espectadores que a través del actor y los medios que éste utilice, se sientan partícipes y hasta protagonistas de esa historia, que se la crean, que la vivan, que olviden todo lo demás durante la representación,… que se vayan a sus casas plenos de experiencias y sensaciones. Eso es para mí el TEATRO gracias a José María Rodero y su interpretación de Calígula en la Plaza Mayor de León una tarde de junio.